
Poco a poco los colores se difuminaban y lo que antes veía claramente,pasaron a ser simples borrones,muy parecidos unos de otros. Las jaquecas aumentaron y una presión casi ridícula oprimía sus ojos por dentro. Los párpados se negaban a obedecer y actuaban como poseídos,cerrando sus ventanas como si quisiesen hacer entender que ese sería su amargo final. Y entonces un día,al cabo de muchos,sucedió. Antes había intentado guardar cada imagen,cada detalle de sus rostros,cada paletada del color del que está compuesto el mundo. Se había preparado a conciencia y ahora sus ojos solo servían para una de las funciones secundarias,dejar correr las lágrimas cargadas de ira,frustración y tristeza. Y éstas fluyeron,vaya si lo hicieron. Pero nada nos detiene si no nos cegamos ante nuestras posibilidades.Por lo que pasó de ser pintor a músico y cambió el pincel por una guitarra y así es como entre notas cargadas de colores, esta historia me contó.